sábado, 5 de mayo de 2007

úLtiMo SeGuNdO

Era día de fiesta: primero de mayo, fiesta del trabajador. Me llamaron para un pateo por los alrededores de Famara y no me lo pensé dos veces. Dejamos los coches en la urbanización de los noruegos y empezamos a ascender, lentamente, digiriendo aún el almuerzo, dejando atrás las preocupaciones (exámenes por corregir, clases por preparar, citas, compromisos), el gentío bullicioso de Arrecife, el tiempo compartimentado de los días laborales... e ingresamos poco a poco en el azocado silencio del barranco.

En la foto una diagonal imaginaria une los noruegos, en primer plano, la Caleta de Famara, luego, y la montaña de Soo, al fondo; similar a la que de modo invisible atraviesa en París el Obelisco, el Arco del Triunfo y La Défense.

Miro la Caleta y me digo: "esa diagonal sigue y desemboca -cual flecha- en mi pecho".

Un alto en el camino. Dudas, titubeos: vamos sin plan alguno, sin rumbo predeterminado, sin un camino fijo, como en la canción de Serrat.

Subí este barranco hace unos quince años, con mis primos. No había vuelto por aquí. Cuánto ha cambiado Lanzarote en quince años. Este barranco en cambio posiblemente siga igual.

Yo sí he cambiado, pienso. Adapto el aforismo a las circunstancias: "Nunca te pasearás dos veces por el mismo barranco".


Pensaba que para ver el color verde hacía falta montarse en una avioneta de Binter. Hemos dejado atrás hace tiempo el murmullo incansable de Famara. El ascenso empieza a hacer estragos en la conversación y la respiración, cada vez más entrecortadas.

Queda poco para llegar a la cumbre. He aquí el "Barranco de la paja" en todo su esplendor. Ruego se abstengan de hacer un chiste fácil.

Ya estamos en la cumbre, en el lomo del risco, como en el de un tigre. Se siente uno aquí poderoso y al mismo tiempo en constante peligro de muerte. El viento sopla fuerte y frío. Me tengo que enrrollar el pantalón de chándal en la cabeza a modo de turbante. Tal es el frío.

Al fondo la Graciosa. En la escarpada pared del risco hay una hendidura negra, una gruta: la cueva de Don Justo. Aun no me han dicho que acabaré entrando en ella.

Esto es lo que contempla el suicida durante unos últimos segundos eternos en caída libre.

El risco es uno de los destinos preferidos de quienes deciden suicidarse. Desde esta altura no hay posibilidad de error alguno. Sobrevivir queda descartado. Por otra parte, es un lugar asombroso, cargado de un magnetismo y de una majestuosidad acordes con la trascendencia y solemnidad que toda muerte -máxime aquella producida por el postrero acto de una voluntad desesperada- implica. Sólo hay un problema: me pregunto si la belleza de esta vista desde el cielo no hará arrepentirse al suicida de su decisión... una vez tomada, en pleno vuelo, reconciliado con la vida en medio del vacío.

Para llegar a la cueva hay que bajar por esta especie de escalera natural. El problema añadido al vértigo natural es el fuerte viento. Bajo de culo, aferrado con las dos manos a la dura roca, temiendo una ráfaga traicionera que me alce en vuelo, que me desplace apenas unos centímetros, los que me separan del abismo, de una muerte segura.

Hace ya más de veinte años que murió Don Justo, un agricultor de San Bartolomé que tenía unas tierras por esta zona y que oradó esta cueva con sus propias manos. Prefiero no preguntar hasta más tarde cómo murió don Justo.


Ha merecido la pena. En el interior de la cueva el viento ha cesado de súbito. Estamos en la misma entraña del risco de Famara. La vista es sobrecogedora. El mar rompe lejano en las playas del risco, a las que sólo en barco o a pie puede accederse.

Tirarme, no tirarme.

Es sólo un segundo, sólo un paso al frente, sólo un salto al vacío.

Es tan sencillo, tan simple, tan accesible. Tanto como meterme en la boca este finger de chocolate o elegir tirarlo al frente y ver cómo se lo lleva el viento de un zarpazo invisible.

Tan sencillo y tan difícil. Una impulso fáustico, un anhelo de experimentación, me reclama desde lo más profundo. Un instinto de autoconservación me retiene con los pies bien anclados en la tierra firme. Es fascinante darse cuenta de cómo un segundo puede cobrar tanta trascendencia.

A menudo he tenido esta sensación, de noche, paseando por el muelle de La Caleta. Totalmente vestido, con zapatos, reloj, el móvil, las llaves de casa en el bolsillo y quién sabe que más cosas que no me permito enumerar ni calcular porque me estaría haciendo trampa a mí mismo, pienso. Porque de lo que se trata es de no calcular ni predecir ni calibrar ni preveer. Sólo actuar. Tirarse al mar en plena noche. No pensar en el resfriado, en las dificultades para salir, en la agenda del móvil irrecuperable, en... Tirarse sin más. Hacerlo. Demostrarte a ti mismo que si quieres puedes. Demostrarte que puedes, que eres libre, que puedes elegirlo no únicamente en un plano teórico e hipotético.

Spinoza decía que sólo la acción estrictamente racional podía ser libre. No somos libres de elegir lo irracional. Mis coqueteos con el muelle en plena noche, mi fascinación ante las fuerzas magnéticas de repulsión y atracción que desprende el abismo del risco, no son sino el intento fallido de quitarle la razón a Spinoza.

7 comentarios:

El Cizaña dijo...

Humm...
Puede que el señor Spinoza tenga razon. Si elijo suicidarme, la desesperacion me està cegando y por ello no estoy actuando libremente.

Pero visto desde otro punto de vista: Dice la ciencia que el vértigo es una reaccion muy primitiva e instintiva. Probablemente desde que tenemos ojos, al ver un precipicio sentimos vértigo. Esta reaccion dicen que es para contrarestar las ganas de tirarse al vacio que dicen que todo el mundo tiene (Véase Andriu) Entonces... somos realmente libres o nuestros instintos, como el de supervivencia, nos hacen que elijamos vivir a toda costa? Qué es la libertad? De qué murio Don Justo?

Andriu dijo...

No me atreví a preguntar, en pleno descenso a la cueva, cómo murió don Justo... Luego olvidé preguntarlo.

Así que todo pinta mal para la libertad... En efecto, el vértigo como resultado de un instinto (de supervivencia).

Los filósofos siempre han tachado de determinada (no libre) aquella acción producto del instinto, de la pasión, del sentimiento. Como tú dices: "la desesperaciòn me está cegando y por ello no estoy actuando libremente".

A mi siempre me ha mosqueado que se pueda considerar "libre" una acción que es fruto de la decisión más racional. Y es que si la razón no me deja más que un curso de acción posible, no veo en qué sentido seguimos siendo libres.

Insisto: la razón no me deja actuar irracionalmente (tirarme: del risco, del muelle). Su fuerza y poder de convicción no ha podido aún levantarme un centímetro del suelo hacia o contra los derroteros de lo irracional.

¿Este "no dejarme actuar outrement" puede llamarse libertad?

No sé qué es libertad. Sólo sé que es el nombre con el que bautizó su barco la chica de la canción de Perales...

El Cizaña dijo...

Quizá porque el mundo de las palabras se encuentra en un escalón distinto al de la realidad, quiero decir, que para describir "el mundo de imperfección" en el que vivimos, utilizamas palabras del mundo de la perfección; las palabras "libertad", "amor", etcétera corresponden a un mundo que no es el nuestro... "perfección", "felicidad" ... nosotros somos del mundo de los matices... quizá por eso no me gusta mucho la poesía, porque suele carecer de matices ... de imperfecciones humanas...

No sé si me explico o me estoy desviando del asunto. Probablemente hayamos creado palabras con un significado tan amplio y pretencioso que no reflejan la realidad.

Puede que haber definido con tan amplias espectativas nos hace víctimas de no poder alcanzar el mundo de las palabras...

Creo que bebí demasiado vino con la comida...

Un día me regalaste un poster que decía: "Libertad es vivir cada momento espontáneamente" me gustó mucho y aún lo tengo en el cuarto... pero comienzo a mirarlo de reojo...

Un beso nene

Andriu dijo...

Lo que dices es cierto: nos mentimos a nosotros mismos a través del lenguaje. Haces bien en sospechar del lenguaje en general; y no sólo de la libertad.

En el siglo XX, la reflexión sobre el lenguaje se convirtió en uno de los lugares comunes de la filosofía. Wittgenstein acuñó para describir este unánime interés la expresión "giro lingüistico", que tuvo fortuna.

Nietzsche, a quien llegó a llamársele "filósofo de la sospecha" fue uno de los mayores "sospechadores" (entre tantas otras cosas) de las mentiras del lenguaje. El texto en el que de modo más elocuente y con mayor elegancia hace su crítica al lenguaje se llama "Sobre verdad y mentira en sentido extramoral". Búscalo en google y léetelo porque no tiene desperdicio.

Otro texto alucinante y divertido es el cuento de Borges titulado "El idioma analítico de John Wilkins", en el que se elucubra con la posibilidad de diseñar un lenguaje perfecto (al tiempo que se nos revela cuán imperfecto es el que tenemos).

Así termina el cuento de Borges (citando a Chesterton):

"Esperanzas y utopías aparte, acaso lo más lúcido que sobre el lenguaje se ha escrio son estas palabras de Chesterton: ``El hombre sabe que hay en el alma tintes más desconcertantes, más innumerables y más anónimos que los colores de una selva otoñal... cree, sin embargo, que esos tintes, en todas sus fusiones y conversiones, son representables con precisión por un mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos. Cree que del interior de una bolsita salen realmente ruidos que significan todos los misterios de la memoria y todas las agonías del anhelo´´".

Lo que dijiste sobre el lenguaje y su traición a los matices del mundo en el que vivimos me hizo acordarme de esta cita.

Así que vinitos...

Bueno, pues te recuerdo una de tus citas memorables (para mañana): "¡Ojalá pudiéramos tener resaca sin necesidad de emborracharnos el día anterior1"!. Típicamente cizañera.

Yaiza dijo...

Pues a mi estos comentarios por un lado me encantan pero por otro, me inquietan.Andrés, no te suicides que es un marrón.

Un beso

Yaiza dijo...

Otra cosa. Veo que la discusión versa sobre si somos libres o no a la hora de decidir si precipitarnos al vacío o no. Reflexiono: quizás lo que nos lleve a elegir el no hacerlo sea la certeza de que una vez muertos ya no podremos elegir, luego no seremos libres. En cambio, el mantenernos vivos, de alguna manera, es mantenernos libres.Instinto de supervivencia?? Sí, pero como instrumento para conservar la libertad.

Andriu dijo...

Tienes razón Yai, si es verdad eso de que no somos libres (de tirarnos) es sólo para seguir siendo libres (de hacer todo lo demás).

Hay una especie de paradoja en todo ello. Somos libres para todo menos para dejar de ser libres (tirándonos).

Sartre lo expresó así: "Estamos condenados a la libertad". No nos queda más remedio que ser libres.

Savater lo parafrasea en su recomendadísimo "Ética para Amador" (Sí, ese que nos hizo leer en BUP Caridad Fernau) insistiendo en que incluso cuando nos empeñamos en no ser libres, en no usar nuestra libertad, haciendo que los demás decidan por nosotros, ya en ello hemos tomado partido y hemos elegido. Hemos elegido no elegir.

El suicidio es un elegir, sí, pero también la cancelación de toda elección ulterior. ¿Es un acto libre? Bueno, eso es lo que hemos estado discutiendo aqui... En cualquier caso, de serlo se trata del último acto libre.

Tranquila Yai, del lado del abismo sólo hay una curiosidad morbosa. Del lado de la vida, me sirve para empezar la canción de Sabina esa que dice algo así como: "Más de mil razones... para no volarse de un tiro los sesos"